Paseaba la mosca en la calurosa tarde de verano. Quién quisiera ser mosca en este momento! Husmear todo, ser cómplice y testigo de cada momento.
Era denso el clima, y no solo me refiero al del tiempo.
El caballo negro, ansioso de que el peón salga rápido para hacer se típica jugada en "L", se puso a discutir con la Torre.
Ésta miraba al horizonte, tratando de tener una vista clara de la situación, hasta que sintió los relinchos del atropellado equino.
-Dejáte de hacer ruido! -susurró bajo la alta torre mientras le seguía con su mirar a la bella peón blanca que arreglaba su pelo.
-Sabés que los nervios me comen!
-Igual dependés de Lola, así que tranquilo.
-Si, si Lola, no te hagas la loca.
Ella se dió vuelta, y su mirada bastó para ponerle los puntos sobre las jotas. -Todavía que avanzo de a uno me estás precionando?!.
La mosca se paró en el marcador y esperó el momento.
Era un partido deseado, esperado, estimado. Cargaba en si mochilas propias y ajenas. Demasiados brillos en los ojos, muchas lágrimas derramadas en la cama, con los besos y caricias que ataban a esta situación.
Algunos se escondían, era mejor no saber o no querer enterarse...aunque después la brisa del viento hacía correr los rumores del encuentro. La humedad solo hacía resvalar, mientras que las nuebas negras tapaban totalmente el cielo.
En el momento que Lola decide avanzar, comienza la lluvia.
Eso era una señal, y ellos lo sabían.
El equino a pesar de ser acelerado, escondía en su interior un tropillo torpe pero analítico. Quedó pensado, pensando, pensando, y pensando. Avanzó la Torre, que luego la miraba de atrás haciéndole señales al no entender lo que pensaba tanto.
Era momento, de actuar, de salir, de hacer. Era.
El caballo sabía lo que quería. Deseaba profundamente demostrarse y demostrar que podía ganarle a la Reina. Que su juventud le daba tanta inexperiencia como agilidad para moverse. La sangre le corría por las venas como nunca, pero su racionalidad la controlaba. Cada tanto movía sus patas, levantaba tierra y daba señales de sus emociones. Cataratas de momentos infinitos de mirar a la Luna, mintras que sus crines eran agitados por el viento y su boca contenía los besos que su boca no pudo regalar.
Solamente la Reina tenía algo que éste no. Más allá de su experiencia, sabiduría e inconciente jodido, contenía el no miedo a moverse. A jugársela, a hacer, a comer el mundo mirándose el ombligo.
Y mientras tanto, la mosca miraba como el equino sólo pensaba.
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